3 de septiembre de 2011

La fauna de los "profesores" de secundaria

Parte I:

Y ahora que sacáis el tema vamos a hablar de profesores. De esos profesores de secundaria a quienes les encanta su trabajo y que ahora se ponen en huelga, en plena crisis, y a principio de curso, porque los pobrecitos tienen que trabajar dos horas más a la semana. Ya veis: casi media España haciendo cola en el INEM y ellos en huelga. Derechos creo que le llaman. Ni que antes se mataran  a trabajar.

Yo tuve profesores así. Eran profesores que hacían las veces de funcionarios, que cumplían su estricto horario y allí te las buscases tú. Uno de ellos fue mi querido profesor Javier Recio -más conocido entre los alumnos como Javier Rancio-. Fuimos ingeniosos en eso del apodo. Me acuerdo del primer día en que me dio clase. Era un profesor pasota que alardeaba de lo mucho que pasaría de ti y que contaba sus historietas de cuando era pequeño. Apoyaba sus nudillos en la mesa verde y absorbía los mocos con total entereza.

Resultó que ese mismo profesor, al año siguiente, fue mi tutor. Nunca se aprendió mi nombre. Siempre que hablaba de drogas nos miraba a mi compañera de mesa y a mí -nos tomaría por unas rebeldes sin causa-. Solía llamarme en las horas de tutoría. Bueno, llamaba. Más bien le decía a mi compañera: “dile a tu amiga que venga” A lo que mi compañera contestaba: “¿A quién?, ¿a Natalia?” Y él decía con su simpatía habitual: “Sí, no sé, a la que se sienta a tu lado”. Toda esta desbordante muestra de respeto se hacía delante de toda la clase y sin mirarme: tenía que notarse quién era el que mandaba allí.

En esas conversaciones tan amenas me decía que me iban a echar del instituto. En palabras textuales: “el año que viene tú te vas a ir a la puta calle, como yo”. Nada mejor que profesores tan cariñosos que te terminen de hundir en la miseria.

Cuando empezaba el siguiente mes, nos daban ese boletín de faltas que realmente no servía de nada. Ese cartoncito blanco en el que figuraba tu nombre -en el mío ponía N. Moreno- y en el que tus padres tenían que firmar cada mes. Y debe ser que a este señor le gustaba jugar al escondite, porque a mí me ponía mis faltas, además de las de todos mis compañeros; pero las suyas primero. Todos los meses llegaba a mi casa con faltas de más así que, un buen día, me escuchó rechistar y claro: ¿para qué quieres más?

¿Cómo pude osar a murmurar en su presencia? Por supuesto, como todos los maestros, él era un ser todopoderoso, era un ungido y estaba allí para imponer su ley. Se rió y me miró con cara de: “pobre ingenua, no vas a aprobar en tu vida mientras yo esté aquí” y me dijo: “si no hicieras pellas...”. Sí, ahí le doy la razón: alguna escapadita hacía. Yo le contesté: ¿las hacía yo sola? ¿Me iba yo sola al parque a contar piñas? Se hizo el silencio en clase y él se limitó a girar la cabeza y me ignoró.

Un día me mandó al final de la clase por hablar. Todo el mundo sabe que cuando uno habla lo hace solo, o con la pared. Pero por supuesto nadie hacía nada, solo yo. Y así transcurrían las clases. Miradas desafiantes del profesor y yo pensando “Éste me buscará la ruina”.

Al objeto de -supuestamente- salvar mi desastre académico de aquel año llamó a mi casa. O a lo mejor era para joder más, quién sabe. Pero lo mejor fue cuando mi madre llegó a casa a la tarde y me dijo: “Hija, no quiero ver a ese gilipollas en mi vida”. Parece ser que no era la única que pensaba que me hacía la vida imposible. Y cuando creí que mi madre me había contado todo, me soltó: “ Me ha dicho que eres un desecho social.” Un profesor diciéndole a una madre que su hija no valía para nada. Ver la cara de indignación y de cabreo de mi madre fue lo que me hizo sacar mi rabia y tragarme mi orgullo para darle en las narices.

Como es lógico, tuve que ir a septiembre a examinarme y cuando llegó el día de recoger las notas y veía los sobres de 1º de bachillerato en la mesa con ese ribete verde que tenían, solo deseaba escuchar mi nombre y ver el sobre en aquella mano que tanto asco me daba. Por fin llegó a mi apellido y allí estaba él: apoyado sobre la mesa y con esa camiseta de manga corta gris que siempre llevaba. Dijo: “Natalia Moreno” -porque lo leyó, obviamente, si no, me hubiera señalado con el dedo-. Me dirigí hacia él, me dio el sobre y yo, con toda mi chulería, dije: “¿Quien se va ahora a la puta calle?”. Me di la vuelta y, sin mirar atrás, me despedí de esa cara plana y llena de marcas de granos que tanto odié y que nunca más volví a ver. Y a esas edades en que uno está lleno de complejos e inseguridades y en que se es tan vulnerable que muy poco se necesita para irse al fondo del pozo.


Así cerré una pequeña etapa de mi vida para encontrarme con otro tipo de profesores: los de bachillerato. Eran profesores que todos creíamos más serios, pero que, para nada, se acercaban a nuestro ideal. Allí estaba el llamado “El Canario” natal de allí. Se llamaba Manuel Enríquez. Lo más característico de este señor era su sonrisa. Esa sonrisa de oreja a oreja que te hacía pensar: “este debe de ser un cabrón en toda regla.” Porque sí, te sonreía, pero le mirabas a esos ojos azules grisáceos y decías: malo.

“El Canario”, como buen canario, era muy tranquilo: demasiado para estar cursando 2º de bachillerato. Siempre recordaré cómo chistaba a mi amiga Sole para que sacara sus ejercicios y cómo entraba por la puerta -siempre tarde- con esa carpeta azul de cartón y sus dos tomos del diccionario de la Real Academia. Todo ello en una sola mano, como si portase una bandeja. Entraba siempre estirado y te chistaba y te decía: “Vamos, Natalia, los ejercicios” “Vamos, Sole, los ejercicios”. Eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja.

Sus clases eran un tanto modernas para lo que yo había vivido hasta ese momento.  Te daba un folio en el que te resumía todo el romanticismo (o lo que tocase) -incluidos los autores más relevantes- y te daba unas cuatro hojas llenas de poemas para que le dijeras la métrica, tipo de verso y no sé qué más. Y ahí te dejaba. Le daba igual que lo hicieras o no. Él se paseaba por clase, te miraba un poco y seguía andando. Si no entendías algo, levantabas la mano y, diez minutos más tarde, -os recuerdo que era canario- te resolvía el ejercicio entero. Fácil. No se complicaba. Yo cumplo mi horario y me pagan. No hay más.

Pero lo más curioso era cuando teníamos un examen. Podías estar perfectamente un mes esperando la nota que él seguía corrigiendo con parsimonia los ejercicios. Eso o escalando montañas como él mismo un día nos confesó: “Es que prefiero ir a la montaña que corregir vuestros exámenes” respondió cuando un insensato alumno le preguntó por la nota. Fue graciosa la cara que se nos quedó a todos. Y yo pensé: “vale, yo haré lo mismo”. Cuando al día siguiente me preguntó -porque siempre me preguntaba a mí, me tendría por buena chica- que qué había puesto en un ejercicio yo le contesté: “es que tengo mejores cosas que hacer, que hacer tus ejercicios...” Se lo tomó a risa, pero para sus adentros en ese momento me odiaba, y mucho. Me llevaba bien con ese hombre. Pero era de vergüenza que estando en 2º de bachillerato, cuando se supone que no hay casi tiempo para tanto temario, un profesor “tenga mejores cosas que hacer que corregir exámenes”. Oiga, que yo tengo mejores cosas que hacer que ver su cara y aquí nadie dijo nada.

En fin, señores, que cuando no es uno que te llama desecho social es otro que tiene mejores cosas que hacer. O aquella otra profesora que cuenta en mitad de un examen cómo su marido no sabe meter una merluza entera en su frigorífico: profesora de psicología y filosofía era. O, si no, aquella profesora de ingles, Chelo, que era la directora. La directora. Y decía en la presentación textualmente “no vengáis a mi, porque no os voy a ayudar en nada”. La directora del colegio nos decía el primer día que no contásemos con ella. Ocuparse de los alumnos no era importante para ella.

Por si acaso eso era poco, te contaba monólogos en sus clases. Reírte te reías, pero ingles poco. Y era la directora del instituto de bachillerato de nombre imponente. Con esos nombres imponentes que les ponen a los institutos.

Y así eran algunos de mis profesores de secundaria; profesores que no daban un duro por ti; profesores a los que les importaba bien poco aprovechar sus clases con tal de que a finales de mes les ingresaran su sueldito. En algo se diferencian de los de la universidad, todo hay que decirlo. Al menos, el porcentaje de profesores gilipollas que te encuentras es mucho menor. La mayoría trata de demostrar en sus clases que merece la pena estudiar Historia, o lo que sea que estudies.

Ay, los profesores de instituto que tanto hicieron sufrir a los chiquillos y que seguirán haciendo lo mínimo por demostrar que un día les entusiasmó ir a la universidad para poder enseñar a sus menores.

¿Esa falta de motivación estará relacionada con que no los pueden echar de su trabajo, por muy mal que lo hagan? Apruebe una plaza de funcionario y sea feliz toda su vida.  

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