Estaba viendo Friends y sin quererlo se me ha venido a la cabeza aquél domingo por la mañana. Yo sé lo que es que lloren desconsoladamente por ti, agarrado a tu cintura, casi suplicando una tregua. Transmitiendote su dolor, su terrible e incontrolable dolor. Yo sé lo que es ver a alguien en el suelo, como un bebé, llorando -como un bebé- pidiendo consuelo, pidiendo una caricia o un beso. Pidiendo y rogando.
Pero lo llamativo es que no era una petición de perdón. Era un súplica de que yo no hiciera daño.Recuerdo hasta la ropa que llevaba puesta. Recuerdo la reconciliación. Pero es curioso cómo solo lo recordé con esa escena. Es una mezcla de dolor y ternura. De pasión. De amor. Y como decía Lope de Vega:
El primer amor. La primera vez que sientes que necesitas a esa persona. La primera vez que echas de menos de verdad. La única vez -probablemente- que querrás a nadie sin medidas, sin medias tintas. Dándolo todo a ciegas. La primera vez que sientes cómo duele el amor.
Hace casi siete años que empecé a descubrir lo que era eso: el amor. La necesidad de tenerlo a tu lado siempre, aunque sepas que está a 109 pasos. La necesidad de que te abrace, te mime, te de besos, te acaricie. Escuchar palabras bonitas. Que te sonría y te diga lo guapa que estás, aunque no vayas arreglada.
Es esa sensación de sentirse especial. Estar los dos solos en una habitación viendo películas toda la tarde y que el tiempo pase volando a su lado. Los dos tumbados dándonos caricias. Apoyar mi cabeza en su pecho y oír sus latidos.
Y echar la vista atrás y ver todo el camino recorrido. Pensar en los malos momentos y que queden sepultados por los "Te quiero" "Te echo de menos"... Porque eso es lo importante: sobrepasar los malos momentos y saber disfrutar de lo bueno que te da la vida. De lo bueno que te da él. Disfrutar de él y su compañía. De su voz. Sus manos. Sus labios. De sus miradas que, a veces, transmiten más que toda una declaración de amor.
Es difícil explicarlo. Y quizá nadie sintamos lo mismo cuando estamos cerca de la misma persona. Eso es lo bonito. Que por mucho que intentemos explicarlo nadie nunca sabrá lo que realmente sientes. Es mágico. Único. Es tuyo. Solo tuyo.
Echo de menos aquellos días de verano en los que te hacía para desayunar unas tostadas francesas y un café. Luego nos desperezábamos e ibamos al gimnasio. Volvíamos a comer a mi casa, nos echábamos la siesta y no salíamos en todo el día de mi salón.
Todo abrazos, bromas, risas, ver la tele juntos... -a pesar del calor-. Recuerdo con mucho cariño esos días en los que solo nos separábamos cuando ibas a dormir a tu casa.
Me gustaba "vivir" contigo. Tanto tiemo juntos y todo era genial.
Y ahora con el invierno: el frío, los examenes, el no poder estar tan relajados. Pero los días, al fin y al cabo, siguen siendo geniales: bromas, abrazos, risas, abrazos, carantoñas... Lo único diferente es que no podemos estar tu y yo solos.
Por eso deseo que llegue la Semana Santa y que podemos irnos a algún
lugar genial para pasar unos días junto, como en Baeza. Como en Burgos,
Toledo, Segovia, Soria... Me gusta vivir contigo las 24h al día. Me
gusta verte así: relajado, desinhibido... dormido. Tan solo quedan unos días. Unos días...
Si me das a elegir,
entre tu y mis ideas,
que yo sin ellas,
soy un hombre perdido, ay, amor... me quedo contigo.
Pues me he enamorado, y te quiero y te quiero,
y solo deseo estar a tu lado,
soñar con tus ojos,
besarte los labios,
sentirme en tus brazos... que soy muy feliz.
Siempre me acuerdo de ti. Siempre. Cuando me siento mal, cuando río, cuando veo a cualquier persona mayor. Ahí estás tú, con tu piel blanca y tus ojos pequeños y redondos. Con tu carita llena de lunares y tus manos pequeñas, frías, temblorosas. Con tu risa y tu sonrisa, con ese amor que solo una bisabuela sabe dar.
Nos enseñaste a todo que hay que luchar. Que aunque sea la peor época de los tiempos, siempre hay que seguir adelante, luchar por lo tuyo, y por los tuyos. Nunca te rendiste. Nunca. Excepto hace hoy tres años. Aquél día lluvioso decidiste que estabas demasiado cansada para seguir luchando. Creíste que ya no tenías a nadie más a quien cuidar. Tres generaciones son demasiadas.
Todos los días de la semana paso por delante del último sitio donde te vi en vida. Hoy me ha costado mirar. Pero luego siempre pienso que hasta ese último día presumiste de mi. Siempre me quedará aquél recuerdo, aquél beso, aquél "hasta luego hija, ve con Dios".
Prometo no olvidarte nunca. Tu prometeme que me cuidarás siempre, como hiciste durante esos 19 años.
Te echo muchísimo de menos. Ojalá, ojalá pudiera vovlerte a ver. Te quiero, Bisa, te quiero.
"Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí aunque miera, llegará a vivir".
Me quedé atontada escuchándole cantar. Sonaba tan bonita su voz. Tan tranquilizadora, tan dulce. No es la primera vez que me hace sentir así. Y le pedí que volviera a cantármela.
Me gusta esa sensación de no saber por la carretera que voy, solo me concentré en escucharle. Me gustó. Me encantó.
Hey man, I'm alive I'm takin' each day and night at a time I'm feelin' like a Monday but someday I'll be Saturday night.
Hey my name is Jim, where did I go wrong
My life's a bargain basement, all the good shit's gone
I just can't hold a job, where do I belong
Been sleeping in my car, my dreams move on
My name is Billy Jean, my love was bought and sold
I'm only sixteen I feel a hundred years old
My foster daddy went, took my innocence away
The street life aint much better but at least I'm getting paid.
And Tuesday just might go my way
It can't get worse than yesterday
Thursdays Fridays aint been kind But somehow I'll survive.
Hey man, I'm alive
I'm taking each day and night at a time Yeah I'm down, but I know I'll get by
Hey, hey, hey, hey, man I gotta live my life
Like I aint got nothing but this roll of the dice
I'm feeling like a Monday but someday I'll be Saturday Night.
Now I can't say my name or tell you where I am
I want to blow myself away, don't know if I can
I wish that I could be in some other time and place
With someone elses soul, someone elses face.
Oh, Tuesday just might go my way
It can't get worse than yesterday
Thursdays, Fridays aint been kind
But somehow I'll survive
Hey, man I'm alive
I'm taking each day and night at a time
Yeah I'm down, but I know I'll get by
Hey, hey, hey, hey, man I gotta live my life
I'm gonna pick up all the pieces and whats left of my pride
I'm feeling like a Monday but someday I'll be Saturday night
Saturday night
Here we go
Someday I'll be Saturday night
I'll be back on my feet, I'll be doing all right
It may not be tomorrow baby, thats ok
I aint going down, gonna find a way
Hey, hey, hey
Man I'm alive I'm taking each day and night at a time
Yeah I'm down, but I know I'll get by
Hey, hey, hey, hey man I'm gonna live my life
Like I aint got nothing but this roll of the dice
I'm feeling like a Monday but someday I'll be Saturday night
I'm feeling like a Monday but someday I'll be Saturday night
Saturday night ... all right
All right ... all right
Saturday night.
Y es que no me tiembla la voz cuando digo que él es el único que confió en mi siempre. Siempre y en todo. Nadie, ni mis padres si quiera depositaron tanta confianza en mi. No lo hicieron cuando más lo necesité. Pero él si.
Por eso le debo lealtad. Le debo Lealtad con mayúscula.
No. No soy tonta. Me doy cuenta de las cosas y sé perfectamente lo que pasa a mi alrededor. Otra cosa es que demuestre mi astucia. Solo os pongo a prueba para demostar quien me toma por imbécil y quien no.
Y de pronto sucede que te das cuenta de lo mucho que te quiere. De repente te sientes sola, temerosa, no sabes cómo actuar y miras a tu alrededor buscando una salida y ahí está ÉL: pendiente de ti, girando su cabeza con ese casco rojo observándote y preocupándose de ti. Y es entonces cuando piensas: ¿en serio lleva todo el rato mirando para ver cómo estoy? y sí, lo estaba haciendo.
Temía por ti, se preocupaba por ti. Te cuidaba desde lejos y te hacía sentir segura. Y es extraño, pero aunque no pude ver bien sus ojos me transmitió tranquilidad. Era como una mirada que irradiaba ondas luminosas de calma por aquella pista oscura. Ese giro de cabeza de apenas 15 segundos fue para mi como un: "tranquila, sé que estás ahí, voy a ayudarte. No tengas miedo".
Y cuando conseguimos salir de allí me encontré con toda una tarde llena de abrazos y caricias. De besos de esos que sientes en el estómago. Llena de verdaderos "te quiero", de "tenía miedo por tí, no estaba disfrutando". De: "ha servido para darme cuenta de lo mucho que te quiero".
No sé cómo lo haces, pero tienes la capacidad de hacer que cualquier momento, hasta del más temible y agobiante, sea el mejor instante.
Cogí el teléfono me contestó como si nada. Tranquila. Poco a poco empezó a ponerse nerviosa, a temblarle la voz. Hice lo posible porque se tranquilizara, le hablé de la forma más dulce y serena que me salió y le dije: “tranquila, abuela, ¿dónde estás?... Quédate ahí que te vamos a buscar”. Empecé a ponerme nerviosa según colgué el teléfono. Mi abuela, mientras tanto, lloraba en una parada de autobús porque se había separado de mi abuelo en un centro comercial y no podía encontrarlo porque él no tiene móvil -es de esos abuelos que no se hacen a los nuevos tiempos, y menos a la tecnología-. Salimos corriendo de casa, fuimos a su encuentro y la abracé lo más fuerte que pude. Ella, mientras tanto, seguía sollozando mientras pensaba dónde estaría su marido y lo mal que lo estaría pasando.
Hoy me di cuenta de la fragilidad de las personas mayores, de lo tiernos y adorables que son. De lo indefensos que se encuentran ante una situación atípica. Estuvimos dando vueltas por el centro comercial mientras mi abuela se lamentaba de lo ocurrido y mientras decía: “no doy más que problemas...” A lo que yo le contestaba: “nos puede pasar a todos, es sábado, hay mucha gente y es normal que os despistéis”. A la media hora llamó mi padre diciendo que mi abuelo estaba en nuestra casa, diciendo que no sabía donde estaba su mujer.
No se me olvidará la reacción de mi abuela, de mirarnos sonriendo con lágrimas en los ojos mientras se abrazaba a mi hermano y decía: “Ay, hijo, menudo disgusto más grande os habéis llevado”. No hacía más que suspirar. Seguía con el corazón encogido por lo que había pasado y sólo quería llegar a casa para encontrarse con él de nuevo. Por un momento el mundo se le había venido encima.
Cada vez que me acuerdo de lo que ha pasado esta mañana no puedo evitar emocionarme. Su fragilidad me recuerda a esos niños que lloran desconsoladamente cuando se sienten solos y no saben dónde ir.
No soporto ver a mis abuelos llorar. Será por eso de que están mayores, que enferman y que me hago consciente de que ya les va quedando menos para dejarme sin su presencia. Será que tengo miedo de que mi abuela un día no me reconozca cuando me vea. Pero hoy me di cuenta de que hay que preocuparse por aquellas cosas que realmente son importantes.
Me sentí bien al saber tranquilizarla, al darle la mano y hacerle ver que estábamos con ella. Me gustó abrazarla cuanto pude y verla sonreír cuando todo se solucionó.
Y hoy, marido y mujer dormirán juntos de nuevo como llevan haciendo desde hace más de 50 años...
Esto va para que todos los hombres entiendan mejor a las mujeres. Mujeres que no paran de darle vueltas a las cosas, que no siempre dicen lo que piensan.
Si le dices que no a una mujer a algo que le hacía aunque sea un pelín de ilusión y te dice: “no te preocupes, no pasa nada si yo tampoco...” Miente. Quizá lo hagamos para ver si el otro se da cuenta por sí mismo de que en realidad le duele que hayas dicho “no puedo”. Pero la cosa queda ahí. Ni ella dice la verdad, ni él quiere preguntar más, porque sabe que si pregunta le viene una gorda. Pero ahí es donde erráis. Por -h o por -b, eso saldrá en algún momento y siempre es para peor: somos rencorosas por naturaleza.
Si una señorita llora a la primera de cambio no preocuparse: somos de lágrima fácil. Y a veces hasta nos hace llorar que nos digan que somos guapas o que valemos la pena. No es tanto el período del mes en el que estemos, ni que ese día te levantases de un humor de perros es que, a veces, las mujeres necesitamos llorar porque sí. Y esto es lo que más os cuesta entender. Es como si fuésemos acumulando lágrimas y lágrimas y un buen día, a poco que escuches una canción, o veas una mala cara o escuches una palabra bonita: ¡ZAS! Llorera que te crió. Nada que no se arregle con un abrazo a tiempo -sin palmadita en la espalda a ser posible- o una sonrisa y una mirada cómplice. En esto somos bastante sencillas.
Cuando nuestro señor nos dice si nos gusta un chico físicamente, solemos mentir -si el mozo está de buen ver-. Queda feo decirlo, aunque si la situación es al revés y él dice que no tú piensas: “serás cabrón, si estoy viendo como se te ponen los ojos en blanco del repaso que le has dado”. En esta situación no vais a acertar nunca: si dices que no da igual, pensaremos que sí os gusta y nos cabrearemos porque mentís. Si por el contrario dices que sí ya sabes: bronca al canto. Así que la decisión es vuestra. ¿El fin de esta mentira? No reconocer lo evidente, porque nosotras estamos en otro escalafón evolutivo, jugamos en otra liga, porque nosotras -y ahí está la mentira- “no somos tan salvajes ni primitivas como vosotros”.
Nos encanta pensar el porqué de lo que hacéis y estar seguros de que nunca será bueno lo que pensamos. Somos fans del refrán: “Piensa mal y acertarás”. Y siempre irá en vuestra contra. Somos especialistas en buscar dobles interpretaciones, en cambiar la pregunta que nos hacéis, en decir “Aaah o sea que tengo YO razón! Eres un gilipollas”. Esta frase es muy recurrente, es una coletilla que siempre pega. Da igual el tema de conversación, ahí que te la cuelo.
Cuando una damisela se siente insegura, celosa, reemplazable, lo primero que hace es mirar al suelo y ponerse seria. Mira al suelo porque en realidad no quiere que él sepa lo que siente. Porque, a veces, cuando una mujer se siente celosa le vienen pensamientos del tipo: creerá que soy una celosa compulsiva, una tía loca... Luego, obviamente, él se suele dar cuenta y ella lo niega todo. Miente si dice que no pasó nada.
Nos gusta jugar a ser adivinas. Si estamos en casa después de una discusión, nos gusta pensar -o mejor dicho-, no podemos evitar pensar qué estará haciendo él. Imaginamos que está hablando con cualquier “Guarra” -porque cuando tienes novio, el resto de las tías son todas unas guarras- y que ya ni se acuerda de ti. Piensas que mientras tú miras a la pantalla del ordenador para ver si se conecta al msn, él está por ahí con sus amigos de picos pardos y que le da igual lo que tú sientes. Siempre pensamos que no piensan en nosotras. Que si no nos dan toques al móvil es porque no nos quieren, que si no nos llaman para disculparse es porque no le importas. Y te dices: “yo no le llamaré más, esta vez si quiere algo, que venga él”. Mientras vas hacia el salón a coger el teléfono y marcar su número. Cada vez que nos vamos enfadadas, cabezotas, con el orgullo en los talones ya nos vamos arrepintiendo de lo que pasó. Mentimos cuando decimos: “Pues adiós” “Que te jodan” “Ahí te quedas” y demás variantes. Porque ante todo hay que quedar por encima del otro.
No sé si habrá sido el Karma, Dios, Alá, Buda o simplemente un conjunto de desastres, pero yo hoy: ¡me cago en todo lo que se menea!.
Son las 10 de la mañana y llevo desde las 8 dando vueltas en la cama odiando a la humanidad. ¿Por qué? Porque hoy se ha decidido que por mi barrio cortar el césped y recoger la basura ha de hacerse el puto mismo día, y no a la vez, no; sino con un cuarto de hora de por medio, no sea que te llegues a volver a dormir. Odio el ruido del cortador de césped y la imagen del puto hombre (lo siento, él no tiene la culpa, pero le odio también) sentado encima del cacharro ese feo lleno de verde hasta las cejas con un mono amarillo y azul chillón; y con unos cascos de esos naranja butano que abultan más que su cabeza, al igual que las gafas ridículas que lleva. Es que es acordarme de la pinta que llevan y venirme a la cabeza esa mierda de ruido.
Pues bien, me planto así en las ocho y media. Yo -más cabreada que un buitre sin nada que rumiar- me pongo la almohada encima de la cabeza como hacen en las pelis. Así estoy un rato, algo incómoda pero sin ruidos, claro. Y cuando ya vas notando que el sueño te va viniendo y que, por fin, podrás descansar: ¡ZAS! Tus adorables vecinas bajo tu ventana gritándose -porque es sabido que las señoras no hablan, gritan, pues a mayor tono de voz, mayor es la razón que llevas-. Se cuentan que una, A, tuvo que ir al médico y le mandó tal medicamento, pero claro, “qué calor hacía porque es que últimamente el tiempo está loco”. -cualquier momento es bueno para hablar de cosas tan importantes como el tiempo-. Mientras B le dice “es verdad, hija"; -en este momento le pone la mano sobre el brazo dándole golpecitos y prosigue: "yo el otro día con mi nieta en el parque, es que no se podía ni estar a la sombre, me la tuve que traer a casa porque vamos...”. Cualquier momento es bueno para exagerarlo todo.
A estos chillidos se añaden los de los maridos que, para no variar, hablan de fútbol; los chillidos de las señoras que se encuentran al otro lado de la calle a A y B y tienen que saludarlas, no vaya a ser que no las saluden y empiecen a cotillear de ellas, claro. Y yo pienso: “pero si ya la ponen a caldo señora, no me interrumpa más el sueño, ¡¡¡por lo que más quiera!!!”.
Total, que cuando las señoras se van -pongamos que son las 9- parece que ya una se puede dormir tranquilamente. Das unas cuantas vueltas en la cama, encuentras tu posición y cuando te quieres dar cuenta, te plantas en las 10 de la mañana con un ruido semejante al que haces cuando te lavas los dientes, pero más fuerte. A este ruido le siguen unos golpes y: ¡Eureka! Tu padre hoy se siente el barbudo de bricomanía y ahí está: lijando y dando golpes con un martillo en el salón, a las 10 de la mañana -lo repito- en tu última semana de vacaciones. Y el tío tan tranquilo, sin problemas de conciencia, oye. ¡Si es que ni tu padre te deja dormir ya, cojones!
Así que aquí me encuentro volcando toda mi ira en el pobre teclado de mi portátil, sin haber asomado la cabeza por el salón, porque, como la asome, lo mismo me cargo al barbudo de bricomanía y se terminó el programa, que ya va siendo hora, coño, que lleva años comiéndole la cabeza a la gente y claro: luego mi padre lo imita y, mira, un consejo de guerra tendré que montar.
Es por esto por lo que me pregunto si habré hecho algo malo en otra vida. Y es por esto por lo que sé que hoy tendré un día curioso, porque si ya empiezo cabreada... malo... MA-LO.
Se me encendió la lucecita. Esa luz que tengo cuando piso el freno y me sale encima de la cabeza un cartel que parpadea y dice: "dame una sola pista de cómo hacerlo". Ese cartel que me diga cómo hacer que pase esto. Un cartel de auxilio. El mismo auxilio que necesitas tu. Quizá sea paradójico, ¿no?.
Ya lo dije anteriormente: hay algo que nunca sabré hacer. Y no es que me conforme, es que a los hechos me remito. Tengo una tara. ¿Que tengo cosas mejores? Mmm, sí probablemente algo tenga bueno, ¿no? Pero ¿qué más da eso?. El fallo que tengo no es ni sustituible ni reemplazable por nada. Si quiero hacer una tortilla de patatas y no tengo patatas, ya no será una tortilla de patatas...
En fin no sé. Divagaciones y miedos racionales que me amedrentan y que no me dejan dormir. Expresiones que me aturullan y que revolotean en mi habitación. En esa habitación que ahora mismo hace las veces de una caja sonora. Las palabras retumban de una pared a otra sin ninguna dirección fija ni exacta y si no tengo cuidado y me agacho, me dan de bruces. Y lo hacen porque no hay luz. Porque aunque lleve mi cartelito, si el cartel no tiene una flecha que me indique, yo no sé donde ir. Porque me pierdo en mi más exitosa insensatez. Porque, por decirlo así, estoy hecha a medias.
Seguro que os ha pasado a vosotros también. Es verano y hace un calor terrible cuando, sin previo aviso, se pone a llover. Al contrario de lo que hubiera sucedido en invierno, te quedas impávido bajo la lluvia: te da igual si el pelo se moja, si sientes frío en tus piernas, si tu ropa se carga de agua. Porque es eso precisamente lo que hace que este momento sea especial. Estás bajo la lluvia porque quieres sentir las gotas de aguas frías, porque no te importa si todos te miran y te creen loca por estar bajo la lluvia. Te da igual escurrirte con las chanclas al andar, que tus mejillas se empapen o que estornudes a la noche. Da igual si entras en casa chapoteando y estrujando el agua de tu camiseta.
Son preciosas las tormentas de verano. ¿Qué más da si te mojas? Hace un instante te quejabas del calor que hace y ahora te mojas. Es una solución a tu problema. ¿Porqué andar escondiéndose bajo el resquicio de una terraza, cuando puedes caminar tú sola por la hierba sintiéndote feliz por estar calada? ¿Porqué limitarte a ver la tormenta y los relámpagos desde tu ventana si puedes hacerlo a gran escala?
Es algo que nunca entenderé: el año pasado estando en la orilla del mar comenzó a llover. Todos corrieron despavoridos desde mar hacia sus toalla, recogieron los bártulos y corrieron a cobijarse. ¿Porqué no te importa mojarte en el mar y cuando comienza a llover sales corriendo porque “se mojan las cosas”? ¿Acaso no mojarás tu toalla cuando vayas a secarte con ella?.
Disfruta de una tormenta de verano. Disfruta de ese momento de frescor y pequeña locura. De ese tiempo muerto que te da el sol y el viento acalorado. Del olor a humedad, de las hojas chocándose unas con otras. Simplemente sé feliz sintiendo frío en tu cuerpo, en agosto, en tu piel...